Bueno, luego de un largooo rato sin publicar nada aqui les traigo un pequeño escrito que hice para un concurso. No gane por si a alguien le interesa saber, jajajaja. Pero bueno, a mi en lo personal me gusto como lo hice, y por eso decidi compartirselos. Espero que les guste porque a mi me encanta la idea.
Siempre había creído que su existencia era un
desperdicio pues no tenía un propósito ni una razón de ser. No poseía una
familia, y ya ni siquiera era dueño de su propia vida. Era alguien que solo
ocupaba un lugar en el espacio, alguien que pronto sucumbiría por el peso de
sus crímenes.
¿Debía temer a la muerte? Si, debía, pero no era así.
Todo lo que sentía ahora era impaciencia porque llegara, nada más. Ya no veía
la hora para que esto terminara de una buena vez.
Un sonido metálico y pesado rasgó violentamente el
silencio, provocándole un sobresalto. Voces y pasos le siguieron segundos
después, anunciando que unas personas habían entrado al pabellón donde los
tenían encerrados a él y a otros. Dedujo que eran tres, de los cuales a dos
reconoció como los guardias que se encargaban de vigilarlos. A sí mismo, también
creyó saber hacia dónde se dirigían, a quien buscaban y con qué propósito.
Bajó la cabeza, fijando su mirada en el piso de su
celda. Ya podía adivinar la identidad del invitado, y siendo honestos, no se
encontraba de humor para tratar con él, mas aun después de que se había
mostrado tan reacio a recibirlo horas atrás.
La puerta de su prisión se abrió con un ruido
parecido al que había escuchado momentos antes, solo que esta vez fue muchísimo
más fuerte por la cercanía.
No se levantó del catre donde estaba sentado para
recibirlos, ni elevó los ojos o dijo palabra alguna.
--¡Hey!—exclamó uno de los cuidadores, ese que era
especialmente cruel con su persona, luego de un largo momento de silencio. — ¡Muestra
algo de respeto a un hombre de Dios!
Una media sonrisa apareció en sus labios. ¿Hombre de
Dios? ¡Ja! Seguramente aquel clericó estaba más podrido que él mismo.
--¿Por qué debería darle la bienvenida a alguien a
quien no pedí que viniera?—inquirió con simpleza, sin mirarles.
--Porque así lo decretan. —le contestaron,
haciéndole soltar una risilla ahogada.
--¿Te parece que soy alguien que sigue tus tontas
leyes?—preguntó divertido, ahora levantando el rostro. Clavó sus pupilas
primeramente en los guardias, callándolos con ellas.
--No necesite a Dios antes—dijo, antes de posar su
atención en el gordo y pequeño Padre—No lo necesito ahora. Así que, hágame un
favor y lárguese, su Excelencia. —Hizo
un gesto despectivo con la mano, y después volvió a esconder las ventanas de su
alma.
El clericó habló entonces, con una vocecita que
buscaba conmoverlo. Pedía que no se cerrara de esa manera, que todos sin
excepción necesitamos al Padre Celestial… Simples ruegos que eran menos que
basura para él. Así que hizo oídos sordos, incluso cuando los guardias
empezaron a reprenderle. ¿Por qué lo regañaban? Él solo hacia lo mismo que le
habían hecho tiempo atrás, en la época en la que todavía era un pequeño e
ingenuo niño que aun creía en ese patético Dios al que decían servir.
Después de un largo rato por fin se rindieron,
entendiendo que no importaba lo que hicieran no les iba a escuchar. El Padre soltó
un suspiro de derrota, antes de retirarse con los carceleros, dejándole
nuevamente sumido en sí mismo. Sin embargo espero un poco mas y no se sintió tranquilo
otra vez hasta que oyó el golpe metálico que hacia la puerta principal al
sellarse. Entonces se recostó con lentitud en el estrecho catre, boca arriba y
con su antebrazo descansando sobre sus ojos. Exhaló ruidosamente.
Estaba muy cansado, tanto, que ya quería a que fuera
mañana para poder dormir y no despertar. Porque si, eso era lo que la muerte te
hacia: Te cantaba una canción de cuna tan dulce que no deseabas volver a abrir
tus ojos jamás. Por algo era conocida como el sueño eterno, ¿No?
Sin ser realmente consciente de lo que hacía, empezó
a tararear una canción, una cuya letra no recordaba pero que siempre venia a él
cuando iba a acostarse. Nunca pudo recordar de donde la había escuchado, aunque
si sabía que debió de ser en boca de alguna mujer. La melodía era demasiado
suave como para haberla oído en los tabernas llenas de ladrones y asesinos
donde había pasado la mayor parte de su vida. Por un tiempo, se le antojó
pensar que la había adoptado de su anónima madre, mas con el pasar de los años
termino desechando esa idea. Le parecía más factible haberla escuchado de
alguna prostituta que tenía un hijo, pues en algunas ocasiones le tocó dormir
con algunas que tenían niños en la casa.
No supo cuanto estuvo quieto, perdido, pero fue lo
suficiente para arrullarse y dejar de tararear. Quizá durmió, aunque no
recordaba hacerlo de todos modos. Solo sabía que había oído que la entrada
principal se había abierto otra vez, y que pasos que se dirigían a él resonaban
con fuerza en el pasillo de piedra.
Lentamente se incorporó, estirándose un poco. Se
frotó luego la cara con las manos, y después se sentó en el borde del viejo colchón.
La puerta de su celda comenzó a abrirse, y él se
puso de pie. Su mirada se cruzó con la de los celadores, quienes se comportaban
como siempre, indiferentes de la razón por la que estaban ahí.
--Ya es hora. —dijo uno de ellos, haciéndole asentir
con tranquilidad.
Cautelosamente se acercó a los dos, y cuando estuvo
lo suficientemente cerca extendió los brazos hacia adelante, viendo los
oxidados grilletes que tenían y escuchando el tintinar que hacían. Sintió
pronto el frio característico del metal, al igual que la incómoda presión que
aplicaban sobre sus muñecas.
Con un guardia a cada lado caminó hacia la salida,
dejando atrás su prisión, el lugar más parecido a un hogar que alguna vez tuvo.
En silencio, sumergido en su mente, avanzó por
pasillos que solo había recorrido una vez, y que nunca volvería a pisar en esta
vida. Siguieron andando hasta llegar al patio, donde la plebe le recibió con
gritos y maldiciones, ansiosos porque comenzara su espectáculo de sangre.
Le hicieron subir al improvisado escenario de
madera, donde se encontraba la maquina a la que tanto temían sus iguales.
Esperó un poco detrás de ella, observando como los últimos detalles eran
arreglados.
Y entonces le vio.
Había sido por mera casualidad, por desviar su
atención de forma distraída hacia el bosque más allá. Jamás había visto a
alguien más bello, más perfecto…
--¿Un último deseo?—preguntó una voz, tan irreal
pero al mismo tiempo tan terrenal que no supo si era producto o no se su
imaginación.
--Si…—respondió en un susurro, viendo como aquel ángel
de cabello exótico desaparecía entre las ramas bajas de los arboles.
Sonrió con dulzura.
--Quisiera el aroma de ese chico.
¿Que tal? ¿Les gusto? Se que el final esta algo (bueno, bastante) raro pero... ¿Que opinan?
YAOI! <3 <3 <---ignorala, está loca con el yaoi que pensó eran Yami y Yugi
ResponderEliminares cierto, pensé que eran mis tricolores porque ;WW; es tan... parecido a ellos ;WWW; odio los one-shots porque me queda la duda si habrá algo más o no ;OO; por eso los odio con mi alma pero este de algún modo me ha dicho que no lo odie y le haré caso (??)
Jajajajaja xDDD Si, te entiendo xD me ha pasado (Mas de lo que deberia ;W;) ¿De donde se parece a nuestros tricolores? o.o Yo le veo todo menos eso (?)
EliminarMoooo, gracias >///< me alegra que te haya gustado ^o^