Espero les guste.
I
Un as de luz le hirió los ojos, obligándole a cubrir su cara con su brazo. Hacía ya tanto tiempo desde la última vez que vio el sol, que simplemente ese pequeño rayo era suficiente como para quemarle las pupilas.
Se movió hacia la izquierda, alejándose del punto de donde salía la luz. Poco a poco, el ardor de sus globos oculares disminuyó, al menos lo suficiente como para ya no tener que entrecerrarlos.
Su celda se vio un poco mas iluminada, ya que ahora podía distinguir con mayor nitidez la pared, pero aun así, el resto de la prisión estaba completamente sumida en sombras.
Con cautela, nuevamente intentó asomarse por el pequeño agujero que había hecho, queriendo ver al exterior. Esta vez, aunque le volvió a lastimar, no se aparto, con la esperanza de poder acostumbrarse.
Su ojo comenzó a llorar, claramente pidiendo que le dejara volver a la oscuridad pero él siguió ahí, esperando.
Después de unos minutos que parecieron eternos, por fin pudo empezar a notar figuras, aunque estas aun estaban muy borrosas. Tal vez el estar tanto tiempo a ciegas, había dañado su sentido de la vista. Se estremeció un poco al pensar en ello, mas se dijo a sí mismo, que no era posible eso.
Otro largo rato pasó, antes de que pudiera notar que afuera había un enorme pastizal completamente llano, con pequeñas flores de colores esparcidas por el lugar. Se sintió extremadamente feliz, porque habían pasado ya dos años desde la última vez que vio un escenario tan precioso.
Se esforzó en enfocar mas la vista, queriendo distinguir otros objetos. Lentamente, fue ubicando más cosas. Vio a la lejanía un nopal bastante grande, y más allá, una pequeña casa de madera, con un mástil en el techo, donde se agitaba lo que seguramente debía ser una bandera.
Concentro su atención en ese objeto, sintiendo la curiosidad de saber exactamente que bandera era la que se movía a la par del viento. Pudo notar un color verde fuerte, seguido de un purísimo blanco, para terminar en un rojo sangre. En un segundo lo supo, era la majestuosa bandera que representaba a su tan amada patria. Fue en ese momento, en que esta se agito con más fuerza, como saludándole. Dejo salir una sonrisa, una de alegría pura.
Después de tantos horrores que había visto, el observar tan perfecta imagen digna –según su propio criterio—de ser pintada por un verdadero artista, simplemente le conmovió hasta lo más profundo de su alma… al menos lo que quedaba de ella.
Pasaron horas, en las que estuvo pegado al muro, devorando cuanto podía el paisaje que estaba tan cerca y a la vez tan lejos de él. Por fin la noche llego, y aun a pesar de que el Sol se había retirado, la belleza de la imagen no disminuyó nada, incluso, de haber estado con alguien, se hubiera atrevido a decir que estaba más hermosa.
La Luna derramaba su luz sobre todo el prado, haciéndolo ver de un color azulado. El viento había parado, y la bandera, parecía dormir. Seguro era agotador moverse todo el día, pensó.
Luego de tanto tiempo, por primera vez en dos años, no durmió por una causa que le producía mucho placer.
II
Todos los días, aun si el sol hubiera despertado o no, él se levantaba del frio suelo, para ir a saludar a ese objeto inanimado que encontraba tan perfecto. En más de una ocasión, sintió la gran necesidad de salir de su prisión e ir a verla, porque en poco tiempo dejo de bastarle el mirarla tan de lejos.
Podría sonar algo extraño, pero amaba demasiado el prado de flores, con la bandera de México ondeando encima de este, tan majestuosa.
Mas un día, la pesada puerta de metal que le cortaba la libertad, se abrió frente a él. No logró distinguir quien la había abierto, pero por el contorno, supo de inmediato que era una persona.
--levántate—ordenó el recién llegado con voz fuerte. Rápidamente, y sin chistar, obedeció. —ven aquí.
Con pasos temblorosos, se acercó lentamente a la sombra, la cual, parecía un poco impaciente al ver como tardaba en llegar el prisionero.
--mas rápido quieres, solo tomar un segundo.
Luego de que quedara frente al guardia, este le tomó de las muñecas, donde le puso unas esposas oxidadas.
--camina delante de mi—dijo para después empujarlo fuera del cuarto. Mientras avanzaban por un estrecho pasillo, un viento helado le acarició la nuca, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera. Sintió una presión en su pecho, y comenzaba a costarle un poco el respirar. ¿Qué era ese sentimiento? ¿Qué pasaba?
Estaba tan sumido en sus propios pensamientos que no se dio cuenta de que habían salido de la cárcel. Fue consciente de ello, solo porque el Sol de dio de lleno en la cara, lastimándole. La única parte que no fue muy afectada fue aquel ojo que siempre asomaba para ver a la bandera.
Camino descalzo por el arenoso suelo, sintiendo una mezcla de desagrado y placer al sentir como las pequeñas piedras se le clavaban en la planta de los pies. El guardia –que era un hombre alto, de complexión robusta y cabello negro—le hizo rodear el edificio, hasta llegar a un prado con pequeñas flores violetas…
Ese era su prado. Busco, desesperado, la casita de madera. La encontró, no muy lejos de él. La bandera se agitaba violentamente, nunca la había visto de esa manera. De nueva cuenta, ese horroroso sentimiento volvió a invadirle el pecho, y un sonido metálico llamo su atención.
Un segundo guardia se les unió, y este, traía un arma en la mano.
No necesitaba preguntar, sabía que le matarían. Pero no podían hacerlo, no frente a ese cuadro que tanto le encantaba, su sangre no debía manchar esa escena. Quiso correr, mas el hombre que le había sacado de su celda le asestó un golpe en la cara, tirándolo de bruces al piso
Si era inevitable su muerte, al menos quería ver de cerca a la bandera, quería ver que era ese punto que jamás pudo distinguir con claridad en su centro…
Uno de sus verdugos dijo algo, pero no le entendió. Intento nuevamente escapar, mas el de pelo negro le puso el pie en su espalda, evitando que pudiera hacer algún movimiento de utilidad.
Sintió una impotencia tremenda, ya que iba a dejar este mundo sin poder evitarlo, sin poder luchar… escuchó como el arma era cargada, y, dirigió su vista por última vez hacia ese cuadro que merecía ser pintado. Un águila se poso sobre el nopal que había cerca de la casa, y en su pico, devoraba con furia una serpiente.
No supo porque, pero al ver eso, una paz increíble le invado. Por un segundo, olvidó que estaba al borde de la muerte, y recordó una preciosa leyenda, en la cual, sus antepasados establecieron un imperio justo donde vieron una imagen semejante.
Ya no estaba frustrado, ni asustado, sabía que esa era una señal de que todo estaría bien. Ni aun cuando el frio cañón de la pistola se posó sobre su nuca, se inmutó.
Él era un guerrero azteca, él era un mexicano, él era dueño de la bandera, de esa águila devorando a la serpiente sobre un nopal… él era México.
¿Y? ¿Que tal? ¿Les hice sentir lo que en ese momento pensaba (y todavia pienso) de mi pais? Si no, pues bueno, al menos lo intente jajajajajajaja.
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